Esto es lo que ocurre en el cerebro de un niño cuando juega al aire libre (y por qué cada vez lo hacen menos)
La falta de contacto con la naturaleza preocupa a expertos, que alertan de su impacto en el desarrollo emocional, social y cognitivo desde edades tempranas.
os niños juegan cada vez menos al aire libre, según revela un estudio de Jantje Beton. Eso resulta preocupante, afirman los científicos. Jugar libremente al aire libre —sin reglas estrictas ni supervisión constante— es esencial para el desarrollo de los niños, ya que les ayuda a desarrollarse no solo físicamente, sino también cognitiva y emocionalmente.
Jugar al aire libre como entrenamiento para el cerebro
“Los niños que juegan fuera son más independientes y autosuficientes”, señala Ellen Beate Hansen Sandseter, profesora del Koningin Maud University College en Noruega. Añade que el juego “arriesgado” está relacionado con un mayor bienestar físico y mental, y que los niños que asumen riesgos físicos suelen mejorar en la evaluación de otros tipos de riesgos.
Este tipo de juego funciona también como entrenamiento cerebral, explica Bridget Walsh, profesora de psicología del desarrollo y ciencias familiares en la University of Nevada (EE. UU.). Actividades como columpiarse, correr y saltar ayudan a regular los estados emocionales al activar áreas inferiores del cerebro sensibles al ritmo.
Además, refuerzan las conexiones cerebrales implicadas en la planificación y la toma de decisiones, y activan simultáneamente el hipocampo, que interviene en la navegación espacial y la memoria. Según Sandseter, los niños alcanzan durante el juego al aire libre su mayor potencial de aprendizaje. La investigación muestra que estos beneficios se incrementan cuando el juego se realiza en entornos naturales.
La naturaleza como aula de aprendizaje
“La naturaleza ofrece una gran variedad de desafíos potenciales y cosas nuevas por descubrir que ninguna estructura creada por el ser humano puede proporcionar”, afirma Louise Chawla, profesora emérita del programa de Diseño Ambiental en la University of Colorado Boulder (EE. UU.).
“La naturaleza está llena de actividades de ‘¿puedo hacerlo?’”, continúa Chawla. “¿Puedo levantar esta piedra? ¿Subir a este árbol?” A medida que los niños crecen, vuelven a enfrentarse a desafíos que antes no podían superar y se atreven con retos mayores.
Chawla añade que jugar en la naturaleza suele estar más orientado a la cooperación que las interacciones en un patio de recreo, ya que fomenta proyectos grupales, como construir fuertes o “cocinar” con tierra y flores. Surgen conflictos, señala, pero los niños tienen una motivación más fuerte para resolverlos, desarrollando así habilidades de comunicación y colaboración que les serán útiles toda la vida.
Empezar temprano marca la diferencia
Aunque nunca es tarde para salir a la naturaleza, Sandseter señala que normalmente es más fácil desarrollar estas habilidades desde temprana edad, cuando el cerebro es más receptivo. Chawla coincide: “Los primeros años son realmente formativos para sentirse cómodo y competente en la naturaleza”.
Aun así, Sandseter enfatiza la habilidad por encima de la edad: “Me preocupo más por las habilidades que por la edad”, explica. “Un niño debe desarrollarse a su propio ritmo y superar los desafíos paso a paso, porque así aprenden a valorar riesgos y manejarlos dentro de su nivel de competencia”. Este enfoque de apoyo ayuda a los niños a progresar de forma segura mientras amplían sus propios límites.
Jugar al aire libre y bienestar mental
Las experiencias en la naturaleza durante la infancia pueden tener un impacto de por vida. En todas las culturas – desde los baños de bosque japoneses hasta la tradición escandinava del friluftsliv – se reconoce que pasar tiempo al aire libre favorece el bienestar a cualquier edad.
Un estudio estadounidense de 2024 mostró mejoras consistentes en el estado de ánimo, la actividad física y las relaciones con los compañeros de los alumnos. Investigadores suecos también encontraron que una alta exposición a la naturaleza en la primera infancia se asociaba con un 55 % menos de riesgo de trastornos psiquiátricos en etapas posteriores.
“Jugar en la naturaleza no solo es bueno para los niños”, señala Chawla, “también es bueno para el equilibrio de la propia naturaleza. Las personas que pasaron tiempo en la naturaleza siendo niños, la valorarán más como adultos”.
Traducido y editado por Gustavo Higueruela













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