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Lo mejor que puedes hacer cuando tu hijo te contesta mal según el neuropsicólogo Álvaro Bilbao

Cuando los hijos contestan mal
Cuando los hijos contestan mal

El neuropsicólogo Álvaro Bilbao propone una fórmula tan simple como eficaz para responder a las contestaciones desafiantes. Un gesto que cambia por completo el juego emocional.

Casi todos los padres lo han vivido: una frase aparentemente inofensiva como “es hora de apagar la tele” o “vamos a cenar” se convierte de repente en una chispa que enciende una tormenta.

El niño responde con un grito, una queja o una palabra hiriente, y la tentación de reaccionar con la misma moneda aparece al instante. ¿Imponer autoridad? ¿Devolver el grito? ¿Castigar? Álvaro Bilbao, neuropsicólogo infantil y padre, ha propuesto en su cuenta de TikTok algo completamente diferente.

“Cuando un niño contesta mal, lo que necesita no es un sermón ni una bronca. Necesita un adulto que no pierda los papeles”, explica Bilbao, que defiende una pedagogía basada en el autocontrol del adulto como ejemplo para el menor. Su planteamiento, viral en redes sociales, desmonta el impulso más primario de muchos padres y lo sustituye por una fórmula de tres pasos: silencio, pausa y contención.

@soyalvarobilbao

Para entender por qué un niño responde mal, primero hay que ver lo que hay detrás. Según Bilbao, muchas de esas reacciones son el resultado de una frustración que desborda al menor. “Esperaba hacer algo y no se le permite. Ahí se produce un cortocircuito en su sistema de expectativas”, explica. La respuesta desafiante no es más que una llamada de atención disfrazada de rebeldía. Una manera de intentar recuperar el control.

Y aquí entra en juego el adulto. En lugar de devolver el golpe emocional, Bilbao invita a hacer justo lo contrario: esperar cinco segundos. Solo cinco. El tiempo justo para respirar y no dejarse arrastrar por la rabia. “No puedo enseñarle autocontrol si yo lo pierdo”, resume. Es una pausa que corta el ciclo de respuesta-reacción, que desactiva el automatismo de la bronca y permite volver al centro: educar desde el ejemplo.

El tercer elemento es quizás el más desafiante: no devolver la pelota. Bilbao lo compara con negarse a jugar un partido de tenis emocional. Cada respuesta alimenta el conflicto, da combustible a una dinámica que no conviene. “No tengo que responder a todos sus comentarios cuando está frustrado. A veces, lo más útil es no decir nada”, afirma. No como una forma de ignorar al niño, sino como una herramienta para no legitimar la escalada emocional.

Este enfoque se enmarca dentro de la crianza respetuosa y la educación emocional, corrientes respaldadas por la neurociencia actual. Estudios en desarrollo cerebral señalan que la corteza prefrontal —clave en el control de impulsos— está aún en formación durante la infancia. Por eso, los adultos no solo acompañan: modelan. Su ejemplo, más que sus palabras, es lo que realmente enseña.

De cualquier modo, Bilbao no se presenta como un gurú infalible, sino como alguien que también se equivoca, que también se frustra, pero que ha aprendido a detenerse antes de reaccionar. Porque, al final, educar no es ganar una discusión, sino construir un vínculo donde el niño se sienta visto, acompañado y seguro incluso cuando se equivoca.

*menshealth

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