La profesora y directora médica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford (EE.UU) explica el mecanismo que nos hace entrar en un círculo vicioso.
Navegar por el territorio de las adicciones, independientemente del tipo, no es nada sencillo. Y no lo es porque muchos tipos de sustancias o comportamientos tienen la capacidad de reconfigurar nuestro cerebro hasta el punto de que considere necesario lo que objetivamente no lo es. Pasa con las drogas, pasa con el alcohol, pasa con el tabaco e incluso pasa con la tecnología. Y en todo ello desempeña una papel de suma relevancia la dopamina.
La dopamina es un neurotransmisor que impulsa la motivación, el placer y la recompensa, conectando sensaciones agradables con comportamientos para que los repitamos. Pero cuando se produce un desequilibrio o una alteración de los sistemas dopaminérgicos puede desembocar en diversos problemas, como el mencionado de las adicciones. Y el problema es que nuestro entorno está configurado de tal manera que ese desequilibrio se ha convertido en la norma en muchos casos.
La búsqueda de placer que se convierte en dolor
“Vivimos en una época y un lugar en los que tenemos más acceso a los artículos de lujo, más ingresos disponibles, más tiempo libre, incluso para los más pobres de entre los pobres, que nunca antes en la historia. Y resulta que eso es estresante para nuestro cerebro. Y es estresante de una forma totalmente nueva a la que realmente no nos hemos enfrentado antes, lo que nos hace a todos más vulnerables al problema del consumo compulsivo y la adicción. Y creo que la adicción es la plaga moderna”, asegura la doctora Anna Lembke en The Diary of a CEO.
“Creo que vamos a tener que lidiar con el problema del consumo compulsivo en un mundo de abundancia en el futuro previsible. Y nuestra supervivencia dependerá de que descubramos cómo vivir en un mundo de abundancia, a pesar de que nuestros cerebros hayan evolucionado para un mundo de escasez”, añade la psiquiatra especializada en adicciones, que además es es profesora y directora médica de Medicina de las Adicciones en la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford (EE.UU).
“Vivimos -subraya- en un mundo de abundancia, en el que tenemos fácil acceso a todo tipo de sustancias y comportamientos que refuerzan la adicción. Y el acceso en sí mismo es uno de los mayores factores de riesgo para la adicción”.
Y en este caso es probable que no haya sustancia más accesible que el alcohol, cuyo consumo está ampliamente normalizado. Pero volvamos a lo que ocurre en nuestro cerebro. “¿Y qué le hacen las sustancias y los comportamientos adictivos a nuestro cerebro? Liberan mucha dopamina de golpe en una parte específica del cerebro llamada vía de recompensa. Y el hecho de que liberen tanta dopamina de golpe significa que son experiencias muy destacadas y memorables”, señala la doctora Lembke.
“Así que nuestro cerebro codifica profundamente esa experiencia. Esa experiencia de placer intenso que me autoadministré y que podría volver a repetir. ¿Por qué? En un mundo de escasez y peligro constante, que es el mundo para el que hemos evolucionado, nos acercamos de forma natural y reflexiva al placer y evitamos el dolor. Y debemos hacerlo para sobrevivir. Y eso tiene que ver mucho con las recompensas naturales, las que efectivamente debemos obtener para sobrevivir, como la comida”, añade.
Y lo que hacen las drogas, el alcohol y los comportamientos adictivos es “imitar esas recompensas naturales” aprovechando la química interna de nuestro cerebro para liberar una gran cantidad de dopamina de golpe. “Mucho más de lo que obtendríamos de las recompensas naturales que existen en la naturaleza, amplificando esa experiencia, haciéndola aún más memorable, aún más destacada, y también haciendo que nuestro cerebro piense que es importante para su supervivencia”, indica la prestigiosa experta.
Y el problema, según la psiquiatra, es que en las últimas décadas todo este tipo de sustancias se han vuelto más potentes y son más accesibles que nunca. “Dicho de forma más sencilla, las drogas se están volviendo aún más potentes con el tiempo. Por lo tanto, esta vulnerabilidad al cerebro secuestrado es aún más común, incluyendo el consumo de cosas que ni siquiera considerábamos drogas y que se han convertido en drogas”, advierte.
Pero aún hay más porque entramos en un círculo vicioso que en el que cada vez necesitamos más.- Y lo que es peor, sin obtener lo que buscamos. Puro inconformismo. “Porque la búsqueda incesante del placer por el placer mismo conduce a la anhedonia, que es la incapacidad de disfrutar de nada en absoluto. Debido a este proceso de neuroadaptación y a la forma en que nuestro cerebro recalibra el placer y el dolor, cuanto más placer buscamos, más placer necesitamos y más dolor sentimos, sin importar lo que tengamos. Al final ya no lo disfrutaremos”
Y esto sucede porque nuestro cerebro ha regulado a la baja la transmisión de dopamina en la vía de recompensa a una especie de “estado crónico de déficit de dopamina”. “Vas a necesitar más cantidad de tu droga en formas más potentes y con mayor frecuencia, no solo para sentirte eufórico y disfrutar del placer, sino simplemente para equilibrarte y sentirte normal”, afirma la doctora.

¿Se puede salir de ese círculo vicioso? Sí. ¿Es un camino de rosas? No. Pero el mensaje es que es posible. “Lo que debes hacer es abstenerte de consumir tu droga preferida durante el tiempo suficiente para restablecer las vías de recompensa. Y tienes que hacerlo al menos durante cuatro semanas. De media, cuatro semanas es el tiempo que tarda una persona en salir del estado de abstinencia aguda y empezar a disfrutar de otras recompensas más modestas sin estar en un estado constante de ansia”, relata la profesora de Standfor.
Pero, como decíamos, no es ni obvio ni sencillos. De ahí que a quienes sufren problemas de adicción les cueste tanto y sea necesario incluso ayuda especializada. “Lo peor son los primeros 10 a 14 días. Es entonces cuando estamos en abstinencia aguda. Y la razón es que, cuando dejamos de obtener recompensas del lado del placer de la balanza, el equilibrio entre placer y dolor se inclina hacia el lado del dolor debido a este proceso de neuroadaptación. Por eso sentimos ansiedad, irritabilidad, insomnio, disforia o estado de ánimo depresivo y antojos”, zanja la experta.
“A mis pacientes siempre tengo que tranquilizarles diciéndoles que si aguantan lo suficiente sin consumir, al final llegarán a un punto en el que ya no estarán en ese estado constante de ansiedad. Ahora bien, eso es suponiendo que tengan suficiente neuroplasticidad para hacerlo. Y no todo el mundo la tiene. Entonces, ¿cuál es el propósito de la abstinencia? Una vez más, cuando nuestro cerebro deja de recibir esta fuente exógena de estimulación o dopamina, al final el cerebro capta el mensaje de que tiene que empezar a regular al alza su propia transmisión de dopamina. Al final, necesitamos volver a emplear o redistribuir los receptores de dopamina postsinápticos. Necesitamos obtener la dopamina del interior de mi cerebro. Y así, con el tiempo, voy a quitar las piedras del lado del dolor de la balanza”, concluye la doctora Lembke.













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